Cuando se objetivó la idea de que había que educar, es decir, transmitir a las nuevas generaciones unos conocimientos, habilidades y valores, también salió a la luz otra idea paralela: que según lo que se enseñara o transmitiere, así nos encontraríamos con el tipo de persona que iba a vivir y perpetuar un estilo y una estructura de la sociedad.
En el mismo momento en que aparece la idea educativa, aparece la idea represiva. Octavio Fullat dice: “Que toda educación lleva anexa un sufrimiento” y efectivamente pensamos que tiene razón, porque supone cambiar el instinto por el acto voluntario y para ello se requiere que un cerebro evolucione en procesos de hominización. Este concepto, como casi todos, es manipulado. Y por ello se pasa de un sufrimiento mínimo y necesario a un sufrimiento máximo e innecesario.
Posiblemente por eso se ha afirmado y se afirma que “menos cárceles y más educación”, porque la educación representa un mínimo rentabilizador para la persona y la sociedad, puesto que hace de ellas seres más racionales, más pensantes y más acordes con su condición humana. Podíamos decir que las cárceles surgen porque desestiman al ser humano y piensan en él en términos animalísticos: “El hombre es un lobo para el hombre”, obviando que el cerebro humano evoluciona y madura hasta pasar de una estructura instintiva a una humana y ese proceso requiere de la ayuda y auxilio de la educación, que es quien debe trazar el puente de un tronco evolutivo a otro.
Posiblemente nuestro proceso de hominización se encuentre todavía en fases muy primitivas y por ello venimos equiparando a educar con adiestrar. Se adiestra a los animales a través de una psicología conductista que, a base de repetición de actos y castigos y recompensas, consiguen que los seres irracionales adopten unos determinados comportamientos. Pero transferir eso a las personas podría parecer absurdo y hasta inoperante. Absurdo evidentemente lo es, pero inoperante no.
Si el ser humano encuentra más rentable “domar” que “madurar”, como parece que lo encuentra, resulta que el mundo se viene convirtiendo en un circo en donde un@s con sus látigos consiguen que otr@s “obedezcan”.
Pues bien, este adiestramiento deshumanizado se ejerce no solo en la educación estatal, religiosa y reglada, como una variante del adiestramiento más o menos dura, según a las clases que se dirija, sino que se ejercita de una manera brutal en las instituciones penitenciarias, que no son más que lugares de castigo para quienes de una u otra manera protestan por un mundo injusto y absurdo.
Si la persona está “educada” protestará de una manera más racional, y si no lo está, lo hará de una manera más instintiva, pero ambas suponen una única respuesta a una estructuración dada.
Leyes y normas son armas, instrumentos inventados para ejercer “normalidad” en la sociedad. Claro que no se trata de normas éticas sino “de conveniencia”.
Vamos a ver: si no nos conviene que las personas que son víctimas de injusticias sociales se revelen, creamos normas que paralizan sus actos. Si no nos conviene que haya personas que tengan ideas diferentes a las institucionales, pues creamos leyes que las reprimen. Si ciertas creencias no son útiles para mantener nuestro modo de vida y alguien las ataca, las prohibimos, las enjuiciamos y las castigamos. Así, podemos mantener lo que nos beneficia, lo que nos privilegia y lo que nos acalla la conciencia.
Si resulta que hay grupos marginales, gente sumida en el hambre y la miseria, sufrimientos increíbles o ideas diversas, pues las detenemos, las condenamos, las castigamos hasta que sumisamente acepten lo nuestro como lo mejor.
Bonita farsa nos estamos generando y creyendo, ya que, si obviamos o desconocemos el sufrimiento de los demás, vivimos tranquilamente, nadie altera nuestra paz, nuestra forma de vivir y nuestra tranquilidad. De ahí que tratemos denodadamente de evitar que existan denuncias, datos, expresión de situaciones que a lo mejor nos pueden inquietar y hasta hacernos sentir incómod@s en ese conocimiento; claro que siempre tenemos el recurso de “no creer” para calmar nuestro estado de ánimo.
Tamaña hipocresía nos envuelve por todas partes y con ella una tremenda concepción de minusvalía.
Pero estamos aquí para denunciar y para potenciar nuestra inquietud, no para ignorar, por mucho que nos gustaría poder hacerlo.
Por eso debemos decir que a las criaturas en la escuela se las tortura, disciplina y somete en la infancia y la adolescencia y a los adultos se les hace lo mismo. Un@s padecen la escuela-cuartel, otr@s la oscuridad carcelaria.
Y es que seguimos queriendo ignorar lo evidente: Que las personas, los seres racionales, queremos ser libres. Queremos pensar, queremos construir nuestras vidas, queremos usar de nuestra esencia fundamental que es la de construirnos y ser ayudados a construirnos como seres racionales y no ser conducidos a la irracionalidad y ser sometidos por la coacción, el dolor y la tortura.
Ni cárceles-escuelas ni escuelas-cárceles. Ni familias-cárceles ni grupos-cárceles.
Queremos espacios de vida, porque la vida es lo único que tenemos y que nos pertenece por igual a todo el género humano. Basta ya de fascismo, capitalismo, nacionalismo y todo tipo de ismo, que no es más que un enorme y desproporcionado atentado contra el derecho natural que nos pertenece: la felicidad.